X Jornadas TransMariBiBollo

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MANIFIESTO X JORNADAS TRANSMARIBIBOLLO

(noviembre 2019)

Ha llegado el momento de ser críticas con nosotras mismas. Ha llegado el momento de dejar de ser el centro del mundo, de tener toda la atención, y empezar a valorar una pregunta muy concreta: ¿dónde están?

Nosotres, que hemos tenido el privilegio, hemos tenido el acceso a la educación, las posibilidades económicas, el entorno social afectivo sano y posible, tenemos que preguntarnos quiénes faltan a nuestro lado. Si algo debe enseñarnos el punto en el que estamos es que aún hay muchas ausentes.

Por tanto ha llegado el momento de moverse, de abrir los ojos, de girar la cabeza y de fijar la vista en otro punto. Debemos dejar de ser el centro y atender a quienes no tenemos cerca.

¿Dónde están las que, en su habitación, se ponen por primera vez frente al espejo con el pintalabios de su madre o se afeitan la cabeza con la cuchilla de su padre, sintiendo el terror de que la puerta se abra y la pluma salga volando? ¿Dónde están las personas que un viernes entran en una sesión de chemsex y el lunes, con suerte, su pérdida es una minúscula reseña en la edición digital de un periódico? ¿Dónde están les trans que viven la deconstrucción física, mental y emocional, soles, aislades y sin compañía, patologizades y perseguides? ¿Dónde están les bebés reasignades porque, al nacer, su genitalidad percibida como extraña es reconstruida hacia la normatividad por imperativo médico? ¿Dónde están las putas que, aún sindicadas, organizadas y reivindicadas en comunidad, siguen apartadas de nuestros espacios, siendo totalmente conscientes, sin necesidad de academia ni de textos sesudos, de lo que implica poner el cuerpo en el lugar de trabajo de la forma más límite? ¿Dónde están las rurales y las periféricas, apartadas al pueblo, a los barrios o al extrarradio, que no entran en el discurso porque no están en la capital, porque su emancipación y empoderamiento en unas nuevas formas de vida no pasa por lo ególatra que le hace a una ser de ese falso centro del mundo que es la ciudad? ¿Dónde están las migrantes, encerradas en los CIEs, deportadas, inhabilitadas y desprotegidas legalmente, sin privilegios, y aun así colonizadas todavía por la blanquitud y el occidentalismo, compartiendo espacios donde la jerarquía norte-sur sigue vigente? ¿Dónde están las gitanas, de las que todavía parecemos asustarnos al detectarlas cuando las sentimos cerca porque no somos capaces de enterrar nuestros prejuicios y los seguimos cargando en las entrañas? ¿Dónde están las que viven en la calle, por las que pasamos delante a diario, pero su mera presencia nos incomoda y nos hacer apartar la mirada, como si no existieran, porque son «otras»?

Pero hay una verdad: lo único que ha hecho el privilegio económico, el acceso a la educación y a la academia, el asamblearismo y la politización de nuestras vidas y lugares comunes, es hacernos olvidar que nosotras también somos esas otras. También formamos parte del margen, de la monstruosidad, de la performatividad. También somos el motivo de la risa y la burla. El privilegio ha sido el engaño de los fascistas. Ahora, en el momento en el que campan a sus anchas más que nunca, que enaltecen a sus figuras y se pavonean libremente, es cuando tenemos que hacerles frente.

Nosotras somos muchas y podemos ser más si dejamos de mirarnos el ombligo y empezamos a cuidarnos en comunidad. Es una realidad eso de que «si nos tocan a una, respondemos todas», porque hoy le abrirán la cabeza a la que trabaja o vive en la calle, o a la que se pasea por su pueblo con un cuerpo que nadie entiende. Pero todas seguimos bajando la cabeza cuando pasamos por delante de un grupo de fascistas con la esperanza de que «oh, por favor, que no me toque a mí, que no quiero llegar a casa con el corazón en la garganta». Vamos a cambiar las reglas del juego y hacernos fuertes, y usar las tablas de los que un día fueron nuestros armarios para construir con ellas los féretros donde enterrar la podredumbre a la que aún tenemos miedo. Y como perras, como lobas, como zorras, en jauría, vamos a ladrarles juntas y en la cara, a enseñarles los dientes y a decir que nosotras, las extrañas, las locas, las extraterrestres, estamos aquí para vivir.

Por eso, en el momento de preguntar dónde están las olvidadas, debemos ir a buscarlas y situarnos a su lado. Debemos ir a la periferia, al instituto, a la calle, a la esquina, al hospital, a la prisión, a todos los lugares donde haya una persona invisibilizada y oprimida, transicionando, sola. Es momento de focalizar la mirada y entender que es nuestra responsabilidad ir hasta allí y no esperar a que vengan aquí, porque quizás no quieran, no puedan o hayan desistido y las hayamos perdido para siempre. Que su pérdida no sea nuestro fracaso, sino el motor de nuestras luchas.

Por ello, no vamos a perder de vista que, si no podemos bailar, no es nuestra revolución, pero que hacen falta muchas cuerpas. Que tenemos que ser diez, cien, mil. Mover nuestros culos para perrear y follar no es suficiente, también tenemos que echarlos a andar en una manifestación, sentarlos al lado de la silenciada para poder escucharla de una vez, hacer que nuestro culo recorra los kilómetros que haga falta para que salga de su zona de confort y se enfrente de una vez por todas con las demás realidades que pueblan el mundo. Vamos a hacerlo ya, que no tenemos ni tiempo, ni cuerpos, ni vidas que perder.

 

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